Soy Ana Lizarraga, psicóloga deportiva y coach deportiva. El deporte ha formado parte de mi vida desde que tengo memoria.
Jugué durante más de diez años a baloncesto federado, he practicado disciplinas muy diferentes y crecí en una familia donde los entrenamientos, las competiciones, los madrugones, las lesiones, las victorias, las derrotas y todo lo que ocurría alrededor del deporte formaban parte de nuestra vida cotidiana.
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Años de experiencia
Hay un viaje que conozco bien: el de vuelta a casa después de un mal partido. El coche en silencio, tú mirando por la ventanilla, repasando una jugada una y otra vez.
Pensando en lo que podrías haber hecho diferente, en el error que no consigues quitarte de la cabeza, en lo que habrá pensado tu entrenador o en si el próximo partido volverás a tener la oportunidad de demostrarlo. Y al lado, alguien que tampoco sabe muy bien qué hacer: preguntar, intentar animarte o simplemente dejarte espacio.
Qué pasa cuando un error empieza a pesar demasiado, o cuando alguien entrena bien toda la semana y, al llegar la competición, siente que no consigue ser el mismo.
Cuando deja de entrar en el once y empieza a cuestionarse cosas que hasta hacía poco daba por seguras.
Cuando vuelve de una lesión, físicamente está preparado, pero todavía no termina de confiar en su cuerpo.
Cuando el miedo a equivocarse condiciona decisiones que antes salían de forma natural o, incluso con buenos resultados, aparece la sensación de que nunca es suficiente.
Hay miedo, expectativas, frustración, comparación, confianza, relaciones, decisiones, lesiones, momentos personales, dudas y mucha exigencia. Hay días en los que todo parece fluir y otros en los que algo que llevas años haciendo se vuelve de repente mucho más difícil. Y hay una persona intentando gestionar todo eso mientras, además, se espera de ella que siga entrenando, compitiendo y rindiendo.
Cuando yo competía, la psicología deportiva no estaba a mi alcance. Muchas de esas experiencias se asumían como una parte más del deporte que cada uno tenía que aprender a gestionar como pudiera. Nadie me enseñó qué hacer con la frustración después de un mal partido, cómo relacionarme de otra manera con un error, cómo manejar determinadas inseguridades o cómo evitar que lo que ocurría dentro de una pista terminara condicionando la forma en la que me veía fuera de ella.
Con los años entendí que muchas de esas cosas también podían trabajarse y entrenarse.
Y esa es una de las razones que más me mueve hoy: poder ofrecer a otros deportistas herramientas que a mí me habría gustado conocer cuando estaba al otro lado.
No porque quiera evitarles la presión, el miedo, la frustración o los momentos difíciles. Todo eso forma parte del deporte. Tampoco porque crea que exista una manera de competir sin dudas, sin errores o sin días malos.
Lo que me interesa es que, cuando todo eso aparezca, la persona tenga más recursos para entender qué le está ocurriendo y sepa mejor qué hacer con ello.
También me gustaría contribuir a que la psicología deportiva deje de entenderse únicamente como algo a lo que acudir cuando existe un problema. Igual que entrenamos la parte física, la técnica o la táctica, también podemos entrenar la atención, la confianza, la gestión del error, la manera de afrontar la presión o la capacidad de conocernos mejor cuando competimos.
No hace falta estar bloqueado ni haber llegado a un límite para empezar a trabajar la parte psicológica. También puede formar parte del desarrollo normal de un deportista que quiere conocerse mejor, competir con más recursos y construir una relación más sólida con aquello que hace.
Y para mí hay algo especialmente importante: trabajar el bienestar no significa quitar ambición.
No quiero convencer a nadie de que deje de exigirse, de que los resultados no importan o de que ganar da igual. El deporte también es competir, querer mejorar, asumir retos, perseguir objetivos y tratar de llegar todo lo lejos que uno pueda.
Puedes ser ambicioso. Puedes querer ganar. Puedes exigirte muchísimo.
La cuestión es aprender a sostener esa exigencia sin que cada resultado determine cuánto vales, sin que un error haga tambalear todo lo que sabes hacer y sin que el deporte termine ocupando un espacio que no le corresponde en la forma en la que te ves a ti mismo.
Creo que se puede querer llegar muy lejos y, al mismo tiempo, aprender a convivir mejor con todo lo que implica intentarlo. Se puede trabajar para rendir más sin perder de vista a la persona. Se puede ser exigente sin convertir cada fallo en un juicio sobre uno mismo. Y se puede disfrutar profundamente del deporte incluso cuando también importa muchísimo el resultado.
Probablemente por eso terminé uniendo dos cosas que siempre habían estado muy presentes en mí: la curiosidad por comprender a las personas y mi vínculo con el deporte.
Siempre me ha interesado saber qué hay detrás de lo que alguien hace, piensa o siente. No quedarme únicamente con lo evidente. Preguntarme por qué una persona que sabe hacer algo deja de hacerlo cuando aparece la presión, por qué un error puede quedarse dando vueltas durante días, por qué la confianza cambia tan rápido o por qué dos deportistas pueden vivir exactamente la misma situación de maneras completamente diferentes.
Con el tiempo entendí que esa forma de mirar tenía mucho que ver con la psicología. Y cuando la llevé al deporte, muchas piezas terminaron de encajar.
Por eso hoy no me interesa únicamente ayudar a alguien a rendir mejor. Me interesa que pueda conocerse mejor mientras intenta hacerlo. Que entienda qué le ocurre cuando aparece la presión, el miedo o la inseguridad. Que aprenda a reconocer qué necesita. Que desarrolle recursos para afrontar situaciones que probablemente volverán a aparecer muchas veces a lo largo de su carrera deportiva.
Si pienso en cuándo empezó todo esto, me cuesta encontrar un momento concreto. Mucho antes de saber que quería dedicarme a la psicología, ya había algo que hacía de manera muy natural: observar a las personas. De pequeña podía quedarme escuchando conversaciones de adultos que aparentemente no tenían nada que ver conmigo, intentando entender por qué alguien había reaccionado de una determinada manera, por qué una persona decía que estaba bien cuando parecía evidente que algo le pasaba o qué podía haber detrás de un enfado, un silencio o un cambio de actitud. Una profesora del colegio me repetía que tenía una capacidad especial para escuchar y que acabaría siendo psicóloga. Mi madre, en cambio, estaba convencida de que sería profesora, porque siempre me había gustado explicar, ayudar y estar rodeada de gente. Con los años he pensado muchas veces que, de alguna manera, las dos acertaron. Hoy una parte importante de mi trabajo consiste precisamente en escuchar y comprender, y otra en ayudar a que otras personas puedan entenderse mejor.
A veces digo en broma que esa capacidad de observar ha sido siempre una especie de superpoder. En realidad no tiene nada de mágico. No se trata de saber lo que le pasa a alguien antes de que lo cuente, sino de sentir curiosidad por las personas y no dar por hecho que lo primero que vemos explica toda la historia. Esa forma de mirar estaba en mí mucho antes de saber que terminaría convirtiéndose en una parte tan importante de mi profesión.
Y mientras crecía ese interés por las personas, el deporte ya ocupaba un lugar enorme en mi vida. Soy la pequeña de tres hermanos y crecí en una familia en la que los horarios se organizaban muchas veces alrededor de entrenamientos, competiciones, desplazamientos y fines de semana deportivos. Yo jugué durante más de diez años a baloncesto federado y fue allí donde aprendí muchas cosas que, aunque entonces no sabía nombrar, hoy reconozco continuamente en los deportistas con los que trabajo. Aprendí lo que significa comprometerte con un equipo, depender de otras personas y saber que ellas también dependen de ti. Aprendí disciplina, responsabilidad, pertenencia y esfuerzo, pero también conocí muy pronto la frustración, el miedo a equivocarme, las dudas y lo mucho que podía influir en mí sentir que un entrenador confiaba o no confiaba en lo que hacía.
Recuerdo lo fácil que podía ser darle demasiadas vueltas a un error o volver a casa pensando más en una jugada que había salido mal que en todo lo que había hecho bien durante un partido. También recuerdo cómo cambia la manera de jugar cuando empiezas a tener miedo a fallar, la importancia que adquiere tu sitio dentro del equipo cuando eres joven y lo difícil que puede resultar separar un mal rendimiento de la imagen que tienes de ti misma. A determinadas edades, “he jugado mal” y “soy mala” pueden parecer casi la misma frase, aunque en realidad no tengan nada que ver. Entonces yo no tenía el lenguaje ni las herramientas para entender muchas de esas cosas. Las vivía, como tantos deportistas, intentando gestionarlas con los recursos que tenía.
Pero mi aprendizaje sobre el deporte no vino únicamente de lo que yo experimentaba. También lo viví muy de cerca a través de uno de mis hermanos, que durante años compitió en natación en un contexto de enorme exigencia. Gracias a él conocí desde dentro una realidad deportiva diferente a la mía: los madrugones, las horas de entrenamiento, las renuncias, las lesiones, la presión por mejorar una marca, las expectativas propias y ajenas, la incertidumbre y la cantidad de vida que puede organizarse alrededor de un objetivo deportivo. Desde fuera es fácil ver una competición, un resultado o una oportunidad importante. Cuando estás cerca de quien lo vive entiendes todo lo que ha ocurrido antes para llegar hasta allí.
Hay una conversación entre mi hermano y mi madre que se me quedó especialmente grabada. Él tenía delante una oportunidad deportiva importante y mi madre le transmitió una idea muy sencilla: exigirse y luchar por algo merece la pena mientras aquello que haces siga aportándote algo importante; si algún día el coste acaba siendo mayor que todo lo que te está dando, quizá haya que volver a preguntarse qué quieres y por qué lo estás haciendo. En ese momento seguramente no comprendí del todo lo que había detrás de aquellas palabras, pero con los años han cobrado mucho sentido para mí. El deporte puede exigir muchísimo y, precisamente por eso, creo que es importante no perder de vista qué lugar ocupa en la vida de una persona y qué está significando para ella en cada momento.
Después de estudiar Psicología, mi carrera profesional tomó un camino que en un primer momento podía parecer alejado del deporte. Durante más de doce años trabajé en Recursos Humanos, acompañando a personas, equipos y organizaciones en ámbitos relacionados con desarrollo, liderazgo, comunicación, talento, conflictos, toma de decisiones, gestión del cambio y crecimiento profesional. Durante aquellos años trabajé en entornos muy distintos a un vestuario o una pista, pero fui descubriendo que muchas de las situaciones humanas que aparecían eran sorprendentemente parecidas. Personas muy capaces que empezaban a dudar de sí mismas, profesionales que rendían peor bajo presión, equipos llenos de talento que no conseguían funcionar juntos, conversaciones importantes que se evitaban, personas atravesando cambios difíciles o líderes intentando encontrar la manera de conectar mejor con quienes tenían delante.
Aquellos años me enseñaron muchísimo sobre las personas y sobre la complejidad de trabajar con ellas. Me hicieron entender que rara vez existe una única versión de una situación, que las relaciones y el contexto importan, que una conversación puede cambiar mucho dependiendo de cómo y cuándo se produzca y que detrás de una conducta que desde fuera parece difícil de comprender suele haber una historia que merece la pena escuchar. También me acostumbraron a trabajar con equipos, con diferentes intereses y con situaciones en las que no siempre existe una respuesta sencilla. Hoy no veo esa etapa como algo anterior a mi carrera en psicología deportiva. Fue una parte fundamental de ella, aunque entonces todavía no supiera hasta qué punto.
Con el paso del tiempo, sin embargo, había una parte de mí que seguía mirando hacia el deporte. Disfrutaba de mi trabajo, seguía aprendiendo y creciendo profesionalmente, pero cada vez tenía más claro que quería unir de una manera mucho más directa dos mundos que habían estado presentes durante toda mi vida: la psicología y el deporte. No fue una decisión impulsiva ni un cambio de rumbo de un día para otro. Fue más bien la sensación progresiva de que había llegado el momento de dar una nueva dirección a todo lo que había ido construyendo.
Por eso decidí especializarme en Psicología de la Actividad Física y del Deporte. En 2021–2022 cursé el Máster en Psicología de la Actividad Física y del Deporte de la Universidad Autónoma de Madrid mientras continuaba trabajando a jornada completa. Fueron meses de compaginar trabajo, clases, prácticas, entrenamientos, partidos y preparación de intervenciones. Hubo muchos días de salir directamente de una jornada laboral para irme a un campo o a una formación, y aunque fue una etapa exigente, también fue una confirmación. Cuanto más me acercaba profesionalmente al deporte, más claro tenía que estaba encontrando el lugar en el que quería seguir creciendo.
El paso decisivo llegó cuando empecé a trabajar dentro de un proyecto de fútbol femenino en Alcobendas, vinculado a la EFFA. Entrar en un equipo y empezar a formar parte de su realidad me permitió descubrir una parte de la profesión que ninguna formación puede enseñarte por completo. Ya no se trataba solo de estudiar conceptos o preparar intervenciones, sino de convivir con el ritmo real de una temporada, conocer a las jugadoras y al cuerpo técnico, observar entrenamientos y partidos, entender los diferentes roles dentro del grupo, acompañar momentos buenos y malos y aprender a moverte dentro de una estructura deportiva en la que cada decisión puede afectar de una manera distinta a muchas personas.
Fue también una etapa en la que tuve que construir mucho desde cero. No llegué a una estructura de psicología deportiva perfectamente definida en la que solo tuviera que ocupar mi sitio. Tuve que ir entendiendo las necesidades reales del equipo, integrarme en el proyecto, generar confianza, aprender a coordinarme con entrenadores y adaptar todo lo aprendido a situaciones que no siempre llegan ordenadas ni se presentan como aparecen en los libros. Allí acompañé procesos relacionados con presión, confianza, concentración, lesiones, suplencias, cambios de rol, cohesión, comunicación y relaciones dentro del equipo, y confirmé cuánto me atrae trabajar cerca de donde realmente están ocurriendo las cosas.
También descubrí algo importante sobre mí misma: me gusta estar en el terreno, conocer la realidad antes de intentar interpretarla y entender el deporte desde dentro de su propio contexto. Hay información que aparece en una conversación y otra que solo puedes conocer cuando ves cómo reacciona alguien después de cometer un error, cómo se comunica una decisión, qué sucede en el banquillo, cómo cambia un grupo después de una derrota o de qué manera se relacionan las personas cuando nadie les está preguntando directamente qué les ocurre. Aquella experiencia terminó de conectar muchas cosas que hasta entonces habían ido creciendo por separado.
Por eso, cuando miro hacia atrás, no siento que haya habido una etapa deportiva, después una carrera en Recursos Humanos y, finalmente, un giro hacia la psicología deportiva. Lo veo de otra manera. Veo a una niña que siempre tuvo curiosidad por entender a las personas, a una adolescente que aprendió dentro de una pista muchas de las emociones que acompañan a la competición, a una hermana que pudo observar muy de cerca todo lo que exige perseguir un objetivo deportivo importante, a una psicóloga que pasó más de doce años trabajando con personas y equipos y a una profesional que, en un momento determinado, decidió juntar todo aquello y llevarlo al deporte.
No son caminos separados. Son las distintas partes de una misma historia que, con los años, han ido construyendo la profesional que soy hoy.
Cuando alguien empieza a trabajar conmigo, no parto de la idea de que tengo que encontrar una solución rápida. Tampoco creo demasiado en aplicar una técnica porque, en teoría, “es la que se utiliza” para un determinado problema. Antes de intervenir, necesito entender qué está pasando de verdad, cómo lo está viviendo esa persona y qué puede estar influyendo en ello.
Por eso, cuando un deportista me dice “he perdido la confianza”, “me bloqueo en competición”, “me pongo demasiado nervioso” o “ya no disfruto como antes”, para mí eso no es la explicación: es el punto de partida. Me interesa saber cuándo empezó, qué ocurría alrededor, qué pensamientos surgen, cómo responde después de un error, qué relación tiene con su entrenador, cómo vive su rol dentro del equipo y si hay algo fuera del deporte que también pueda estar influyendo.
Un mismo comportamiento puede tener causas muy diferentes y dos deportistas que aparentemente están viviendo el mismo problema pueden necesitar cosas completamente distintas. Observo, escucho, pregunto y construyo hipótesis que después vamos contrastando juntos.
No porque espere que el deportista llegue con todas las respuestas, sino para ayudarle a mirar lo que le ocurre desde otros lugares, detectar patrones y cuestionar interpretaciones. A veces una buena pregunta es más útil que una respuesta rápida, porque obliga a detenerse en algo que estaba funcionando de manera automática.
Puedo aportar conocimiento, herramientas, experiencia y una mirada externa, pero la persona que tengo delante conoce una parte de su realidad que yo nunca podré conocer desde fuera. Mi papel no es decir constantemente qué hacer, sino ayudarle a desarrollar criterio.
Comprender algo es importante, pero después hay que poder utilizarlo cuando aparece la situación real: cuando quedan cinco minutos de partido, cuando vuelves a cometer el mismo error o cuando la atención se marcha justo cuando más la necesitas. Se prueba, se revisa y se ajusta.
Para mí, una de las mejores señales de que un proceso está funcionando es que el deportista empieza a necesitarme menos: reconoce antes lo que le está ocurriendo, identifica qué depende de él, sabe qué recursos puede utilizar y es capaz de enfrentarse a situaciones que antes le desbordaban sin necesitar que alguien le diga inmediatamente qué hacer. No busco crear dependencia. Quiero que lo trabajado se convierta en recursos propios y que pueda seguir utilizándose mucho después de que termine nuestro trabajo juntos.
También tengo muy presente que un deportista no existe de forma aislada. Su rendimiento y su bienestar pueden estar influidos por su entrenador, sus compañeros, el cuerpo técnico, la familia, el rol que ocupa, el momento de la temporada, una lesión, los estudios o el trabajo. Intento entender qué partes del contexto son relevantes antes de decidir dónde poner el foco.
Cuando tiene sentido, y siempre respetando la confidencialidad y los límites profesionales, puedo coordinarme con entrenadores, cuerpo técnico u otras personas relevantes del entorno. Coordinarse no significa contar lo que ocurre dentro de una sesión individual: significa entender qué necesita el proceso, aclarar roles y buscar que las distintas personas implicadas puedan contribuir de manera coherente.
Especialmente dentro de un club, considero fundamental que cada parte sepa desde el principio qué puede esperar de mí. Puede ser una organización quien solicita el trabajo, pero delante sigo teniendo a personas que necesitan un espacio seguro para hablar con libertad.
Y aunque la confianza y la cercanía son fundamentales, eso no significa que el proceso tenga que resultar siempre cómodo. Crear un espacio seguro no consiste en dar siempre la razón ni en evitar cualquier conversación difícil. Si detecto una contradicción, si hay una responsabilidad que la persona está dejando fuera o una forma de interpretar una situación que quizá le esté limitando, probablemente lo trabajaremos. Intentaré hacerlo siempre desde el respeto y sin juzgar, pero no desde la complacencia.
Hay momentos en los que acompañar significa validar lo difícil que está siendo algo. Y otros en los que significa devolver una pregunta incómoda o ayudar a asumir aquello que sí depende de uno mismo. Mi intención es que la persona pueda sentirse acompañada sin dejar de hacerse responsable de su propio proceso.
Tampoco espero que el deportista llegue confiando plenamente en mí desde el primer día: la confianza se construye. Lo que sí necesito es cierta disposición a participar: curiosidad por entender qué está ocurriendo, voluntad de hacerse preguntas, probar cosas y revisar aquello que no funcione. No entiendo la psicología deportiva como algo que una profesional “hace” sobre otra persona. Es un proceso que construimos juntos.
A veces eso implicará trabajar individualmente. Otras veces tendrá sentido observar un entrenamiento, intervenir con un equipo, hablar con un entrenador o introducir una herramienta dentro de la propia práctica deportiva. Y tampoco me preocupa cambiar de hipótesis cuando es necesario: si algo no funciona, lo revisamos. Trabajar con rigor no significa trabajar con rigidez.
Al final, mi manera de trabajar podría resumirse así: primero comprender qué está ocurriendo y qué hay detrás; después buscar juntos qué necesita esa persona; convertir lo trabajado en recursos que pueda aplicar en su realidad; probarlo, revisarlo y ajustarlo; y, poco a poco, que pueda hacerlo cada vez con más autonomía.
No quiero que un deportista salga de una sesión únicamente pensando: “Ahora entiendo mejor lo que me pasa”. Quiero que, cuando vuelva a aparecer aquello que le cuesta, pueda pensar también:
Mi experiencia profesional combina dos recorridos que hoy forman parte de la misma manera de trabajar: la psicología deportiva y más de doce años acompañando a personas y equipos en el ámbito de Recursos Humanos.
En psicología deportiva he trabajado tanto de forma individual con deportistas como dentro de equipos y cuerpos técnicos. He acompañado procesos relacionados con confianza, presión, concentración, gestión del error, lesiones, vuelta a la competición, cambios de rol, suplencias, cohesión, comunicación y relaciones dentro del equipo. También he trabajado con entrenadores que necesitaban comprender mejor qué estaba ocurriendo en su grupo, mejorar la comunicación o encontrar nuevas formas de conectar con sus deportistas.
Antes de especializarme en psicología deportiva desarrollé durante más de doce años mi carrera en Recursos Humanos, trabajando con personas, equipos y organizaciones en desarrollo, liderazgo, comunicación, talento, gestión de conflictos, toma de decisiones, gestión del cambio y acompañamiento profesional. Esa experiencia me ha permitido trabajar en contextos complejos, con diferentes partes implicadas y con personas sometidas a presión, responsabilidad, incertidumbre y cambios importantes.
No considero esos doce años una etapa anterior ni separada. Son parte de la profesional que soy hoy.
Porque antes de entrar profesionalmente en un vestuario ya llevaba muchos años trabajando con confianza, rendimiento, comunicación, liderazgo, conflictos, expectativas, frustración, decisiones difíciles y equipos que necesitaban funcionar mejor juntos.
A lo largo de mi recorrido he trabajado con perfiles y necesidades muy diferentes: deportistas que querían recuperar la confianza, personas atravesando una lesión, jugadoras que necesitaban gestionar mejor la presión, equipos trabajando su cohesión, entrenadores revisando su forma de comunicarse, profesionales de cuerpos técnicos reflexionando sobre su rol y estudiantes aprendiendo a intervenir dentro del deporte.
Y esa diversidad es una de las partes que más valoro. No porque me interese acumular casos o deportes diferentes, sino porque cada contexto me obliga a volver a mirar, preguntar y aprender. Mi experiencia me ha enseñado, sobre todo, a no dar por hecho que dos situaciones parecidas necesitan la misma respuesta.
Mi formación en psicología deportiva no responde a un único curso o a una especialización puntual. Ha sido un proceso progresivo que he ido construyendo a lo largo de los años y que sigo ampliando a medida que mi experiencia profesional también crece.
Parto de una base en Psicología, a la que posteriormente he ido incorporando formación específica en psicología del deporte, coaching deportivo, fútbol, rendimiento, atención y neurociencias aplicadas al contexto deportivo.
Para mí, seguir formándome no consiste únicamente en acumular títulos. Significa ampliar la manera de entender lo que ocurre, conocer nuevas herramientas, contrastar mi forma de trabajar y mantener la capacidad de revisar aquello que creo saber.
La base desde la que comenzó mi trayectoria profesional y sobre la que fui construyendo mi especialización deportiva.
La formación que marcó el paso definitivo hacia mi especialización profesional en psicología deportiva.
Formación especializada en evaluación, intervención y aplicación de la psicología en distintos contextos deportivos.
Especialización centrada en las particularidades psicológicas del fútbol y el trabajo con jugadores, equipos y estructuras deportivas.
Formación enfocada al acompañamiento de deportistas y profesionales del deporte en objetivos, rendimiento y toma de decisiones.
Formaciones con Lorena Cos, el Programa ImpúlsaTe y otras acciones de actualización vinculadas a psicología deportiva, coaching y rendimiento.
Formación específica con Franco Locco, especialista en neurociencias aplicadas al rendimiento deportivo, profundizando en:
Además de la formación académica, continúo realizando cursos, programas y formaciones específicas relacionadas con psicología deportiva, coaching, rendimiento y desarrollo de personas. Entre ellas se encuentran formaciones con Lorena Cos, el Programa ImpúlsaTe y otras acciones de actualización profesional vinculadas a las áreas con las que trabajo.
Entiendo la formación continua como una parte inseparable de esta profesión. El deporte cambia, los contextos cambian y cada persona que llega plantea preguntas diferentes. Por eso intento mantener una actitud de aprendizaje constante y seguir incorporando conocimiento sin convertirlo automáticamente en una receta.
No necesitas tenerlo todo claro ni saber exactamente qué quieres trabajar. Cuéntame brevemente tu situación y vemos cómo empezar.
Te respondo personalmente en un plazo de 24 a 48 horas.
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